En cada viaje siempre me llega un momento en que no me quiero ir. Me sucedió cuando fui a Paris a visitar a Xavier el 2005: me puse a llorar a chorro en el aeropuerto y embarqué llorando. Me sucedió en Japón el 2009: qué pena más grande fue subir al avión en Tokio. Y qué decir de SanSe: también lloré mucho cuando nos fuimos.
Claro, me digo que estos viajes son diferentes: vemos a tanta gente a la que queremos, nos complicamos tanto porque queremos dar a todo el mundo un pedacito de nuestro tiempo (y terminamos invitados a almorzar y cenar casi todos los días, con un aumento extra veloz de peso XD), que cómo no me va a pasar que tampoco me quiera ir, ¿verdad?
Y sin embargo todo es diferente. A menudo cuando vengo a Santiago, la primera semana me la paso encontrando todo mal. Que la ciudad es muy seca, que todo es muy polvoriento, que la ropa o las casas no duran nada limpias. Que mi pelo se vuelve estropajoso, que hay pelos y olor de gato por todos lados. Que todo está lejos, que el sol quema como agua hirviente.
Pero un día, de pronto, todo se vuelve familiar de nuevo. Nada lo es realmente: la casa de mis padres ha cambiado tanto que bien podría ser otra. Lo mismo pasa con el barrio alrededor, ahora lleno de tiendas. La ciudad está llena de edificios diferentes. La misma universidad ha cambiado muchísimo. El sistema de transporte público es distinto también. Esta ciudad no es realmente la que yo dejé. Pero sería fútil pedir que todo permaneciera luego de casi 6 años.
En el fondo, yo ya sé que lo único que me ata a este país es la gente que quiero. Por eso era divertido que nos preguntaran si íbamos a ir a alguna parte: nosotros ya estamos en "alguna parte". Si quisiéramos playas, que es habitualmente lo que significa esa pregunta, hay muchas playas mejores más cerca de nuestra casa en Gringolandia.
En realidad, nosotros no venimos a descansar. Venimos a dar y recibir abrazos (ay, ya me dió una pena enorme). Por eso estaba tan enojada hace unos días: ¿tengo días contados de familia y amigos y me voy a poner a trabajar (con perdón de mi mamá) en huevadas?
Cada vez irse es más difícil. También lo es volver. Pero el único momento en que bebo la hiel amarga de mi elección, es durante los últimos 12 o 14 días de cada viaje. Precisamente estos días.
Claro, me digo que estos viajes son diferentes: vemos a tanta gente a la que queremos, nos complicamos tanto porque queremos dar a todo el mundo un pedacito de nuestro tiempo (y terminamos invitados a almorzar y cenar casi todos los días, con un aumento extra veloz de peso XD), que cómo no me va a pasar que tampoco me quiera ir, ¿verdad?
Y sin embargo todo es diferente. A menudo cuando vengo a Santiago, la primera semana me la paso encontrando todo mal. Que la ciudad es muy seca, que todo es muy polvoriento, que la ropa o las casas no duran nada limpias. Que mi pelo se vuelve estropajoso, que hay pelos y olor de gato por todos lados. Que todo está lejos, que el sol quema como agua hirviente.
Pero un día, de pronto, todo se vuelve familiar de nuevo. Nada lo es realmente: la casa de mis padres ha cambiado tanto que bien podría ser otra. Lo mismo pasa con el barrio alrededor, ahora lleno de tiendas. La ciudad está llena de edificios diferentes. La misma universidad ha cambiado muchísimo. El sistema de transporte público es distinto también. Esta ciudad no es realmente la que yo dejé. Pero sería fútil pedir que todo permaneciera luego de casi 6 años.
En el fondo, yo ya sé que lo único que me ata a este país es la gente que quiero. Por eso era divertido que nos preguntaran si íbamos a ir a alguna parte: nosotros ya estamos en "alguna parte". Si quisiéramos playas, que es habitualmente lo que significa esa pregunta, hay muchas playas mejores más cerca de nuestra casa en Gringolandia.
En realidad, nosotros no venimos a descansar. Venimos a dar y recibir abrazos (ay, ya me dió una pena enorme). Por eso estaba tan enojada hace unos días: ¿tengo días contados de familia y amigos y me voy a poner a trabajar (con perdón de mi mamá) en huevadas?
Cada vez irse es más difícil. También lo es volver. Pero el único momento en que bebo la hiel amarga de mi elección, es durante los últimos 12 o 14 días de cada viaje. Precisamente estos días.

